Diciembre / 2010
Con motivo del centenario del inicio de la Revolución (o revoluciones) Mexicana, son ya muchos los escritores que sin sentirse acosados por el "Gobierno de la Revolución", han denunciado su violencia sin sentido (un millón de muertos), su impaciencia inmediatista (atacar a Francisco Madero cuando apenas iniciaba su gobierno acusándolo (Emiliano Zapata) de no cumplir sus promesas; sus traiciones, no sólo la de Victoriano Huerta, sino de las facciones (Venustiano Carranza, Álvaro Obregón, Zapata, Francisco Villa, Francisco Roque Serrano, etcétera) que se devoraron unos a otros en su afán de poder.
Ciertamente, en medio del baño de sangre y las contradicciones, hubo idealistas que creyeron que podrían engendrar, entre tanto sacrificio a Huichilobos, un México mejor y más justo. Quienes así pensaron, nunca lo vieron.
¿Qué es lo que hay que conmemorarle a la Revolución? Prácticamente nada. Si el régimen de Porfirio Díaz, ya decrépito, hubiera continuado, el país habría evolucionado en medio de sus injusticias, pero no muy diferentes a las que el nuevo sistema generó.
El cambio más notable fue, sin duda, el sentido social de algunos artículos de la Constitución de 1917 que corrigieron un poco el liberalismo de la de 1857, que entre sus muchos males, fue el causante del despojo de los pueblos indígenas, con el apoyo de Benito Juárez (del quien hicieron por cierto un mito). Pero ambas constituciones se caracterizaron por ser facciosas, sectarias.
Elaboradas en medio de la división nacional, en los dos casos el grupo triunfador se aseguró de no dar cabida a los contrarios, prohibir la presencia de los que pensaban diferente y acoger únicamente a los de la secta. Y en ambos casos, el propósito claro y contundente, fue excluir a los católicos de toda presencia social.
¿Hasta qué punto Francisco I. Madero fue combatido por haberse aliado con el Partido Católico, que en las elecciones de 1911 mostró una fuerza que no era esperada por la secta? El hecho cierto es que el empuje social del catolicismo a finales del siglo XIX y principios del XX, a consecuencia de la publicación de la encíclica "Rerum novarum", del Papa León XIII, sobre la cuestión social, fue evidente.
Las iniciativas de los católicos en el tema laboral, rural y cooperativo, de las cajas de ahorro y la protección social, no como una mera crítica, de la que también participaron los anarquistas y socialistas de entonces, sino con propuestas concretas y efectivas, abrió paso a la primera constitución de índole social en el mundo.
Con ironía, pero con verdad, los artículos 27 y 123 fueron redactados en la sede del Arzobispado de Querétaro, como un reto de llevar a la práctica la doctrina. Y ese influjo quedó plasmado al lado de los artículos jacobinos como el 3 o el 130.
La fuerza del catolicismo social, congruente con el sentir de un pueblo creyente, religioso y deseoso de justicia, superó la ignorancia y el analfabetismo, pues generó un ideal. Pero ya Carranza, desde 1915, mostró las uñas jacobinas que habrían de plasmarse en la Constitución y que extremistas como Rubén Zuno o Garrido Canabal, se encargarían de aplicar en forma grosera y fuera de la Ley, hasta que Calles mismo, con sus reformas jurídicas conocidas como "la ley Calles" intentaron someter y conducir a la Iglesia contra ella misma.
Pero en medio de tanta violencia que acababa de ocurrir, los católicos resistieron pacíficamente mediante el boicot, primero, y ante el exacerbamiento de la persecución, después, respondieron con la resistencia armada.
Esa fue una lucha heroica que formó parte del contexto de la Revolución Mexicana. Durante la misma, como ocurrió en la etapa previa, no sólo hubo víctimas entre los grupos armados, sino entre la población civil. Numerosos sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos fueron cruelmente martirizados por el solo hecho de ser católicos, por no denunciar a sus sacerdotes o prelados.
Por su parte, los cristeros pusieron en jaque a "los federales" y llegaron a controlar una zona del país, mientras otras se encontraban en lucha. Hasta que los "arreglos", conseguidos por la intervención de los estadounidenses, establecieron un modus vivendi que, en la práctica, consistió en la derrota del sectarismo, hasta que por la fuerza de los hechos se avanzó a un principio de libertad de creencias que no es, aún, una plena libertad religiosa. El sectarismo se ha resistido a la normalización total.
La Revolución Mexicana, como suele llamarse, tuvo un alto costo para México. Cierto es que hubo progresos, pero que fueron más bien del tiempo, de los cambios tecnológicos, de las oportunidades medio aprovechadas, que de la revolución misma. A veces pareciera que fueron pese a ella. Pero lo que es fácil diagnosticar, son los rezagos que le debemos, entre los que la educación es el más destacado y el más grave. Y todo, por su sectarismo.

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