Durante siglos, a través de muchas dinastías, un pueblo se conoció por su exquisita y frágil porcelana.
Especialmente sorprendentes eran sus jarrones: tan altos como mesas, tan anchos como sillas, eran admirados en todo el mundo por sus acentuadas formas y su delicada belleza.
La leyenda dice que cuando cada jarrón era terminado, había un paso final. El artista lo quebraba, y luego lo componía con filigrana de oro.
Un jarrón común era luego transformado en una apreciable obra de arte. Lo que parecía terminado no lo estaba... hasta que lo rompían.
(*) Fuente: Si No Está Roto, Rómpalo, Robert J. Kriegel y Louis Patler, Ed. Norma.

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