Por: Antyero Duks
Mayo / 2010
Un indígena tlapaneco de la comunidad de Ixtlahuarroja, de nombre Cayetano, encontró a dos niñas, de nombre Esperanza y Emma, de 14 y 15 años de edad respectivamente. Unos días después llegaron a Tlapa de Comonfort, Guerrero. Ambas fueron engañadas, separadas de sus padres, y vendidas a dos familias de otra comunidad indígena. Cada uno de sus compradores pagó 40 mil pesos a la intermediaria.
Entre los meses de octubre y noviembre de 2008, una señora de nombre Catalina les ofreció empleo a tres niñas, las dos citadas y otra —hija de Cayetano— en Cuernavaca, Mor. Mediante engaños las llevó a la comunidad de Cuba Libre, Guerrero, donde se las entregó a Braulio S. y Florencia G., quienes les dijeron que a partir de entonces trabajarían en dos casas distintas.
Algunos días después, ambas --Esperanza y Emma-- pidieron a sus supuestos patrones sus salarios; pues querían regresar con sus padres. La respuesta fue contundente: no podían irse porque les pertenecían. "Ya las habían comprado".
Durante seis meses ambas fueron obligadas a realizar trabajos domésticos en condiciones de esclavitud. Además, fueron abusadas sexualmente. Emma fue violada y golpeada con regularidad por el hombre que la compró, un comerciante de más de 40 años. Casado. Esperanza fue entregada a uno de los hijos de su comprador, un niño de 15 años, para servicios personales y sexuales.
Después de que su hija Flora desapareció, Cayetano emprendió una búsqueda incansable por todos los pueblos de Guerrero. Al llegar a Cuba Libre se enteró que había algunas niñas "fuereñas" trabajando en la zona, y aunque no encontró a Flora, localizó a las amigas de su hija, Emma y Esperanza, y de inmediato dio aviso al comisario municipal.
El comisario citó a los compradores de las niñas y a la señora Florencia, su vendedora. Los compradores manifestaron que ya habían pagado por ellas, por lo que se oponían a que sus padres se las llevaran.
Para dar una solución al problema, vendedora y comprador firmaron un acta, que fue sellada por la Comisaría Municipal, en donde se asienta que Florencia devolvía la cantidad de 40 mil pesos a Facundo "por el motivo de una muchacha".
El acta también refiere que ambos quedaron conformes, pero fue hasta después de la transacción que los compradores aceptaron devolver a las niñas a sus padres.
Cayetano y los familiares de las jovencitas buscaron ayuda en el Centro de Derechos Humanos de La Montaña "Tlachinollan", ubicado en Tlapa de Comonfort. Se les practicaron exámenes médicos y psicológicos.
Esperanza dio positivo en la prueba de embarazo. Aunque las psicólogas, provenientes de la Ciudad de México, la presionaron bajo pretexto de que "tenía el derecho de interrumpir el embarazo", la esclavitud no le hizo perder el sentido común, optó por el bebé en vez de generar una nueva víctima, además, en la región de La Montaña ser mujer significa ser madre.
Esperanza estaba feliz de estar embarazada a sus 14 años; secretamente se sentía enamorada del muchacho con el que vivió cautiva por meses. Con una modalidad dramática del síndrome de Estocolmo, o tal vez con la convicción en estado puro, Esperanza insistía que quería volver al lado del hombre —en realidad un niño como ella— de quien se había enamorado por primera vez para darle la buena noticia de que tendrían un hijo y formarían una familia.
Por otro lado, con el deseo de encontrar a la tercera niña, Cayetano y el Centro "Tlachinollan" dieron aviso a las autoridades federales y estatales. Dos agentes comenzaron formalmente su investigación, preguntando en las calles de Cuba Libre si alguien había visto a una niña indígena de unos 15 años.
Las autoridades fueron incapaces de encontrar a Flora. En cambio, la perseverancia de Cayetano —indígena, analfabeta y monolingüe— dio resultados en octubre de 2009. Flora había sido violada por Braulio y vendida a una familia de Tlapa.
Después de ser rescatada, Flora regresó a vivir con su familia. Esperanza tuvo a su bebé, ahora de dos meses. Emma se escapó de su casa y regresó con el comprador que la abusaba física y sexualmente.
Y para terminar podríamos decir "Colorín colorado este cuento ha acabado", pero verdaderamente da tristeza palpar cómo en algunas partes de nuestro país parece que el tiempo no ha pasado y se mantienen las costumbres ancestrales, algunas veces para bien, pero otras no, como lo vemos en este hecho.

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