jueves, 26 de enero de 2012

Y qué... las leyes "no importan"

 

Por José de Jesús Castellanos

Enero de 2012

 

 

En México vivimos una incultura de indiferencia ante la ley. Años y años de comportamientos apartados de la Ley nos han llevado a la situación de violencia que hoy vivimos, como triste cereza de un pastel de corrupción profunda en donde más allá de lo monetario, lo que se ha impuesto es un comportamiento arbitrario según el cual cada uno hace su propia ley y por ella se guía.

 

Esta es la consecuencia en extremo de positivismo jurídico, pues si la voluntad de unos es suficiente para crear la ley, el descontento de otros los lleva a instaurar la propia, iniciando con ello un tanteo de fuerzas para ver quién se impone sobre quién.

 

Hoy, la delincuencia organizada ha aflorado de manera desafiante frente al Estado, porque éste intenta, por fin, hacer valer la ley. Quienes durante años y años medraron bajo la superficie, tolerados o con complicidad de las autoridades, no han aceptado que se les pretenda sacar de su zona de confort. Este caso es el ejemplo extremo de lo que ocurre día a día en todo el país y que se sustenta, ilegítimamente, en la histórica frase de "acátese pero no se cumpla".

 

Las leyes son instrumentos o medios para promover la justicia. Su objetivo se alcanza si la ley es lógica, posible y justa. Leyes absurdas, imposibles de cumplirse o injustas, provocan a su violación. Cuando un país está lleno de leyes absurdas, contradictorias entre sí y que atrapan a los ciudadanos en inevitables violaciones que se saldan por el camino de la impunidad prevaleciente en todos los ámbitos. Entre más leyes, más posibilidad de violarlas. Entre más violaciones, menos posibilidad de aplicar la ley. Este es el escenario que hemos vivido durante muchos años y al que los ciudadanos se han acostumbrado.

 

A violar la ley se aprende en los hogares, en familia. Los padres no damos la debida importancia al acatamiento de normas "de poca monta", como es el incumplimiento de lo señalado en el reglamento de tránsito. La impaciencia en medio del caos de la circulación, impulsa a violar los "altos"; el caos de las obras en la ciudad lleva a circular en sentido contrario. Pero no son sólo las normas mal hechas o mal aplicadas las que nos justifican en el incumplimiento de las normas. Es una indiferencia total a ser respetuosos de la ley.

 

Con la aparición de los celulares es posible constatar continuamente cómo, a pesar de las advertencias que se nos hacen sobre su uso indebido. Día a día observamos conductores que pretenden mostrar su habilidad de manejo con la plática por celular. Del mismo modo, es posible observar a los tramposos que a pesar de que en los aviones se indique que ha llegado el momento de apagar los celulares o las computadoras, ignoran la orden precautoria. Lo mismo ocurre en las gasolineras cuando se cargan los vehículos. Se da por supuesto que no va a pasar nada, y por lo tanto, se impone el propio gusto o capricho como ley.

 

De ahí brincamos a otras normas. Los "franeleros" se alzan contra los parquímetros, bajo el argumento de que la calle es del pueblo, pero ellos la han privatizado en su beneficio, imponiendo cuotas o sanciones a quienes no las cubren (rayando el vehículo, por ejemplo). Lo mismo ha ocurrido con el pago de impuestos, pues sólo los causantes cautivos cubren lo que les quitan, pero el que puede evadir lo hace.

 

Los ámbitos de violación de las leyes son muy amplios y todos podemos analizar nuestra conducta y detectar en qué somos infractores sistemáticos, menospreciando la ley que nos conviene ignorar.


En contraste, nos indigna que otros sean infractores de la norma, cuando su acción nos perjudica o incomoda y reclamamos que no exista eficacia en hacer que se cumpla. Es entonces cuando, indignados, denostamos a las autoridades por su ineficacia en mantener el orden legal. Todos queremos que se haga justicia, en los bueyes de mi compadre, como se dice vulgarmente.

 

Tiene razón el presidente Felipe Calderón cuando afirmó en Monterrey que los problemas que ahora vivimos de violencia no surgieron de la noche a la mañana. Se fueron gestando hace años y poco a poco han subido de tono. La autoridad tiene parte de responsabilidad, pero también la sociedad. No puede existir una sociedad justa, un estado justo, sin ciudadanos y hombres justos. Es un problema de suma de conductas personales lo que genera un orden social justo, más allá de lo que diga o deje de decir la ley.

 

Resulta muy fácil culpar a la autoridad por los muertos durante la comisión de delitos o como consecuencia de luchas de poder entre las mafias. Se puede acudir a tribunales internacionales o, incluso, invocar los derechos humanos. Pero suele omitirse el tema de las responsabilidades, de los deberes. A nadie se debe privar de la vida, pero quien ama el peligro, en él perece, dice el dicho. Y quien juega con fuego, termina quemado.

 

¿Queremos restaurar el orden? Empecemos a actuar como personas, como familias, como empresas, como sindicatos, asociaciones, etcétera, de manera justa. Entonces sí, será más fácil, en un nuevo clima, que la autoridad sancione al infractor que sea excepción y no mayoría. Y, del mismo modo, terminemos con la diarrea legislativa que genera leyes sin ton ni son o contradictorias entre sí, y que impulsan a violarlas con la mano en la cintura y sin remordimientos.

 

 

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