sábado, 25 de agosto de 2012

Juguetes rotos


El hombre ha dado en la extraña locura de creer que Dios es una mera «estructura de su conciencia».

Por: Quevir Roquedal G.
Julio / 2012

El hombre ha dado en la extraña locura de creer que Dios es una mera «estructura de su conciencia». Y una religión así acaba agostándose; pues no viendo la grandeza infinita de Dios encarnada en las realidades seculares.

Se preguntaba Olegario González de Cardenal, en una magnífica tercera, si Dios es un juguete roto, tal como aventurase el sobrevalorado Tierno Galván. Dejando aparte la aseveración de Tierno (que ni siquiera tiene la grandeza desesperada del deicida Nietzsche y más bien parece ocurrencia de ateneísta atufado de berza) y aceptando que -como señalaba nuestro muy querido teólogo- «la realidad infinita de Dios desborda siempre nuestra comprensión», quisiera añadir algunas humildes consideraciones complementarias a las que González de Cardedal desplegaba en su artículo.

Concluía nuestro autor que, si bien la presencia social de lo religioso ha disminuido en las últimas décadas, la necesidad de Dios se mantiene intacta: «La religión ha desistido de ser política para ser relación personal y comunitaria con Dios que ilumina toda la vida humana», afirmaba con optimismo. Pero la frase nos deja un cierto regusto de insatisfacción: no sólo porque las expresiones «política» y «comunitaria» sean en su origen casi sinónimas (y, aunque no se nos escapa que en el lenguaje hodierno y en la intención del autor tratan de describir realidades distintas, lo cierto es que tales realidades son necesariamente conexas), sino también porque, una vez que la religión ha desistido de la política, muy malamente puede «iluminar toda la vida humana», de la cual la política es parte consustancial. Lo que ha ocurrido, más bien, es que la religión ha desistido, en efecto, de la política (y de la economía, y de la ciencia, y del arte, y de la cultura, y de tantas y tantas otras realidades seculares); e, inevitablemente, se ha quedado prisionera en el ámbito de la conciencia, dejando de «iluminar la vida entera».

El realismo tomista siempre tuvo claro que las realidades seculares eran autónomas de la religión, pero subordinadas a ella, como los planetas que giran en órbitas concéntricas en torno al sol. En nuestro tiempo, por el contrario, tales realidades seculares se han negado a recibir la luz solar -sobrenatural- que la religión les prestaba; y así se han convertido en planetas tenebrosos de órbita errática, mientras la religión, recluida en la conciencia, ha quedado reducida a idea o sentimiento, emoción o estado espiritual... al que se le reconoce, a lo sumo, cierto valor consolador, como a cualquier otro placebo; pero en modo alguno el valor de iluminar la vida entera.

Este confinamiento de la religión en «la estructura de la conciencia» y su desistimiento de la política explica la situación actual, que León XIII delinease proféticamente en su encíclica Inescrutabili Dei: «Supresión general de las verdades más altas; altivez de los caracteres que no soportan autoridad legítima; una causa permanente de disensiones que no cesa de producir luchas atroces entre ellos; desprecio a las leyes que rigen las costumbres y protegen la justicia; irreflexiva administración y dispendio de los bienes públicos; la desvergüenza de los que, al tiempo que cometen los mayores atropellos, intentan presentarse como los defensores de la patria, de la libertad y del derecho; la peste mortal que se insinúa como una serpiente por todas las clases de la sociedad y no le deja ni un momento de reposo, preparándole nuevas revoluciones y desenlaces calamitosos».

El hombre ha dado en la extraña locura de creer que Dios es una mera «estructura de su conciencia». Y una religión así acaba agostándose; pues no viendo la grandeza infinita de Dios encarnada en las realidades seculares, el hombre entabla con el Dios de su conciencia una «relación personal» que, o bien degenera en puro emotivismo, o bien se convierte en confianzuda relación «de tú a tú», en la que crea un dios a su medida. Así los hombres se convierten en juguetes rotos.



El ingenio japonés

Por: Antero Duks
Julio / 2012

Los japoneses siempre han gustado del pescado fresco, pero las aguas cercanas a Japón por décadas han estado casi vacías. Así que para alimentar a la población, los barcos pesqueros fueron fabricados más grandes, para ir mar adentro. Mientras más lejos iban los pescadores, más era el tiempo que les tomaba regresar para entregar el pescado.

Si el viaje se tomaba varios días, el pescado ya no estaba fresco. Para resolver el problema, las compañías instalaron congeladores en los barcos pesqueros.Así podían pescar y poner los pescados en los congeladores. Sin embargo, la gente percibió la diferencia de sabor y textura entre el pescado congelado y el fresco, y no les gustaba el congelado, por lo tanto se tenía que vender más barato.

Entonces, las compañías instalaron en los barcos tanques de agua para los peces.Podían así atrapar los peces, meterlos en los tanques, mantenerlos vivos hasta llegar a la costa y entregarlos. Pero después de un tiempo, los peces dejaban de moverse en el tanque.

Estaban aburridos y cansados, aunque vivos. Los consumidores también notaron la diferencia de sabor y textura, porque cuando los peces dejan de moverse por días, pierden cualidades…

¿Cómo resolvieron el problema las compañías pesqueras? ¿Cómo consiguieron traer pescado con un sabor fresco? Si las compañías japonesas te pidieran asesoría: ¿Qué les recomendarías?

Tan pronto una persona alcanza sus metas, ya sea empezar una nueva empresa, pagar sus deudas, encontrar una pareja maravillosa, o lo que sea, empieza a perder la pasión. Ya no necesita esforzarse tanto y tiende a relajarse. Experimenta el mismo problema que las personas que ganan la lotería, o el de quienes heredan mucho dinero y nunca maduran, o el de quienes se quedan en casa y se hacen adictos a los medicamentos para la depresión o la ansiedad.

Tal como en el problema de los pescadores japoneses, la solución es sencilla. Lo dijo L. Ron Hubbard a principios de los años 50: “Las personas prosperan más, cuando hay desafíos en su medio ambiente”.

Para mantener el sabor fresco y la textura firme de los peces, las compañías pesqueras ponen a los peces dentro de los tanques en los barcos, ¡Pero ahora ponen también un pequeño tiburón! Cierto es que el tiburón se come algunos peces, pero los demás llegan muy, pero muy vivos…

¡Los peces son desafiados! Tienen que nadar durante todo el trayecto dentro del tanque para mantenerse vivos.

Cuando alcances tus metas, ponte otras mayores. Nunca debes lograr el éxito para luego acostarte en él. Así que, mete a un tiburón (reto/meta) en tu tanque (o estrategia) y descubre que tan lejos realmente puedes llegar (visión).











El hombre Mediocre


Antero Duks
Julio / 2012

El mediocre le agradan los escritores que no dicen ni sí ni no, sobre ningún tema, que nada afirman y que tratan con respeto todas las opiniones contradictorias.

“Toda afirmación les parece insolente, pues excluye la proposición contraria. Pero si alguien es un poco amigo y un poco enemigo de todas las cosas, el mediocre lo considerará sabio y reservado, admirará su delicadeza de pensamiento y elogiará el talento de las transiciones y de los matices.

“Para escapar a la censura de intolerante, hecha por el mediocre a todos los que piensan sólidamente, sería necesario refugiarse en la duda absoluta; y aún en tal caso, sería preciso no llamar a la duda por su nombre. Es necesario formularla en términos de opinión modesta, que reserva los derechos de la opinión opuesta, toma aires de decir alguna cosa y no dice nada. Es preciso añadir a cada frase una perífrasis azucarada: “parece que”, “osaría decir que”, “si es lícito expresarse así”.

“Al activista de la mediocridad le queda al actuar una preocupación: es el miedo a comprometerse. Así, expresa algunos pensamientos robados a Perogrullo, con la reserva, la timidez y la prudencia de un hombre receloso de que sus palabras, por demás osadas, estremezcan al mundo.

“Al juzgar un libro, la primera palabra de un hombre mediocre se refiere siempre a un pormenor, habitualmente un pormenor de estilo. “Está bien escrito”, dice él, cuando el estilo es corriente, incoloro, tímido. “Está mal escrito”, afirma él, cuando la vida circula en una obra, cuando el autor va creando para sí un lenguaje a medida que habla, cuando expresa sus pensamientos con ese desembarazo osado que es la franqueza de un escritor.

“El mediocre detesta los libros que obligan a reflexionar. Le agradan los libros parecidos a todos los otros, los que se ajustan a sus hábitos, que no hacen romper su molde, que caben en su ambiente, que los conoce de memoria antes de haberlos leído, porque tales libros se parecen a todos los otros que él leyó desde que aprendió a leer.

“El hombre mediocre dice que hay algo de bueno y de malo en todas las cosas, que es preciso no ser absoluto en su juicio, etc.

“Si alguien afirma categóricamente la verdad, el mediocre lo acusará de exceso de confianza en sí mismo. El, que tiene tanto orgullo, no sabe qué es el orgullo. Es modesto y orgulloso, dócil frente a Marx y rebelde contra la Iglesia. Su lema es el grito de Joab: “Soy audaz solamente contra Dios”.

Toda afirmación les parece insolente, pues excluye la proposición contraria.

“El mediocre, en su temor de las cosas superiores, afirma amar ante todo el sentido común; sin embargo no sabe qué es el sentido común. Pues por esas palabras entiende la negación de todo cuanto es grande.

“El hombre inteligente eleva su frente para admirar y para adorar; el mediocre eleva la frente para bromear; le parece ridículo todo lo que está encima de él, y el infinito le parece el vacío”.